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En el entierro de mi abuelo

En el entierro de mi abuelo

Madrugada del 1ero de noviembre de 2001. En mi casa en Santiago de Chile sonó varias veces el teléfono. No quise contestar.

Desde hacía días sabía de la noticia del internamiento definitivo de mi abuelo Juan Bosch en Santo Domingo. El desenlace fatal se esperaba. Yo miraba todo desde el precario internet de la época, con conexión analógica, en el sitio web de CDN.

Al levantarme en la mañana acudí a la web y allí pude enterarme. Luego vino la llamada de mi padre, Patricio, pendiente desde la madrugada. El me lo dijo, se encargó de que se dispusiera mi pasaje aéreo para salir esa misma noche. Confieso que no quería ir. No deseaba participar de ningún ritual de ninguna muerte. Me parece superfluo. Siempre prefiero homenajear la vida.  

Ese día mi familia en Chile enmudeció y enlutó. Recuerdo que escuchamos Barbarito Diez, el gran cantor del danzón que a mi abuelo tanto le gustaba. La opinión fue unánime entre el muy reducido grupo familiar: yo debía estar. Y volé en la madrugada siguiente.

Fue el viaje más urgido de mi existencia. Al llegar, un automóvil desde Las Américas me llevó directo a La Vega. 160 kilómetros por hora. Entré a la Catedral repleta de gente.

Nunca olvidaré la escena. Eran dos funerales paralelos en el mismo espacio.

Uno de la alta dirigencia, sentada en la primera fila del centro. Para ella las cámaras y toda la atención. Había gente que no estaba en el funeral de Juan Bosch, sino en una reunión de jefes.

Y otro funeral lo teníamos en la familia, sentados en la columna izquierda. Nos encabezaba mi abuela, una ensimismada, silenciosa, conmovida y a la vez firme doña Carmen. Pocas veces todos hemos estado juntos en un mismo lugar, y esta fue una de ellas.

Nicolás López Rodríguez dictó la misa de cuerpo presente, anotando que como habían encontrado el acta de bautizo de Juan Bosch y una carta suya encargando misas para un amigo, entonces don Nicolás y los suyos consideraban que el finado se merecía una liturgia antes de enterrarlo. Conmovedora misericordia, aclaratoria pasada de cuentas con el difunto.

Recuerdo que salimos al entierro. El cortejo reunía gente en las calles de La Vega. Yo y mi padre caminábamos al lado del automóvil que trasladaba a mi abuela. Solo una vez he contado que fue ella quien sostuvo que don Juan sería enterrado en su ciudad natal, y lo defendió a capa y espada de quienes con insistencia querían llevarlo a un cementerio de la capital, con mausoleo y todo. Ella conscientemente no permitió que su Juan fuera convertido en el fetiche de actos de campaña. Nunca ha usado el “viuda de…” y con orgullo ha seguido poniéndose su anillo de casada.

Recuerdo los periódicos, recuerdo la televisión, la voz y los rostros de la gente. Guardo conmigo muchos de aquellos documentos y videos. Siento gratitud, porque esa vida personal y familiar en gran medida asediada a golpes de persecución, destierros, separaciones, fraudes, trampas, invasiones, derrotas, llena de un inusual sacrificio, tenía en esas apariciones la recompensa justa, la única que puede aliviar no la muerte, sino el sentido de la vida: la gente decente despedía a un hombre bueno.

Al llegar de un soplo a la capital, de regreso, pudimos darnos el abrazo con mi abuela en la sala de la casa, la misma que fue la única que tuvieron con título de propiedad. La misma en la que lo vimos envejecer, llena de soledad, desde cuando en 1994 dejó de ser el presidente de partido y sobre todo desde cuando en 1995 otros tomaron el lugar del candidato.

Mi abuela dijo en aquel momento: “Juan fue democrático hasta para morirse, en el Día de todos los difuntos”.

En esos días escuché que el Alzheimer que lo había aniquilado es una enfermedad que te hace olvidar, tanto así que olvidas hasta respirar. Juan Bosch fue partiendo poco a poco, cada día olvidando algo. También siendo olvidado. Como si el Alzheimer fuese la vida misma.

Ese olvido se notaba. A mi propio padre Patricio lo confundía con su hermano llamándolo “Pepito”. Es como si las emociones en el alma, los sentimientos y los afectos, se liberaran de la materia gris y del “yo” consciente que según los psicoanalistas organiza la realidad.

Aquella noche en La Vega, en el entierro, habilitaron una tarima sobre la tumba en el Cementerio Ornamental de la ciudad. Dejaron a mi abuela subir. También subió mi padre, que leyó un panegírico hermoso. También mi tía Carolina. Los demás no pudimos. Ni mi tío, ni yo, ni nadie. Sólo los dirigentes, los mismos de la primera fila en la catedral. Un espaldero parado en la escalera nos prohibió el paso, mientras los dirigentes colmaban el pequeño escenario ante las cámaras que transmitían en vivo para todo el país.

Así que viví el entierro a distancia, entre la gente. Vi el descenso del ataúd a lo lejos. Vi a mi abuela lanzar la rosa. Escuché a mi padre decir sus palabras hermosas. Me fui retirando cuando el dirigente hizo su discurso, llenando de adjetivos de ciencia política y teorías rebuscadas al hombre simple y bueno que la gente despedía y que volvía a la tierra en que nació. Esa tierra pequeña del centro del país, a la que en medio del Alzheimer tantas veces recordaba: “No puedo hacer eso ahora, Carmen, porque tengo que ir a La Vega”, imaginaba de cuando en cuando.

Y entonces entendí. El hombre bueno y simple se quedaba como recuerdo, liberado. El Alzheimer se iba en el cuerpo que yacía ahora en la tumba de blanca piedra, consumido por el olvido… el de su cerebro y el del olvido organizado.  El cuerpo que Nicolás López mojaba con agua bendita (¿?) y cargaban los militares, el del discurso, era eso, sólo un cuerpo, materia liberada de espíritu, de un alma que lo había ido dejando atrás, mientras imaginaba que volvía a La Vega y tal vez a bañarse, como cuando niño, en el caudaloso Camú.

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