Tancredo: quince años después, la vigencia de una trinchera
Quince años han transcurrido desde la partida física del comandante Tancredo Antonio Vargas Cruz. Sin embargo, en tiempos donde el mundo vuelve a estremecerse bajo las tensiones geopolíticas, las guerras de dominación y el resurgir de las amenazas imperialistas contra los pueblos soberanos, su pensamiento político no luce viejo ni derrotado. Por el contrario, adquiere una vigencia que asombra.
Tancredo perteneció a una generación que comprendió algo esencial, el imperialismo no descansa, solo cambia de métodos. Ayer fueron las invasiones militares directas, los golpes de Estado y las dictaduras militares patrocinadas desde Washington; hoy son las sanciones económicas, las campañas mediáticas globales, las guerras híbridas y la manipulación diplomática internacional. Pero el objetivo sigue siendo el mismo, someter a los pueblos que se resisten a obedecer.
Por eso, cuando observamos el escenario internacional actual, pareciera que muchas de las reflexiones del Comandante Antonio continúan caminando entre nosotros.
Durante décadas, Estados Unidos e Israel se presentaron como potencias invencibles, capaces de imponer unilateralmente el rumbo político y militar del planeta. Sin embargo, los acontecimientos recientes han mostrado fisuras profundas en esa hegemonía. La resistencia iraní, la capacidad de respuesta militar y diplomática de Teherán y el deterioro de la imagen internacional del eje Washington-Tel Aviv, han puesto en evidencia que el mundo unipolar atraviesa una crisis inocultable.
Lo ocurrido recientemente en Medio Oriente no puede analizarse únicamente desde la óptica militar. También expresa el agotamiento de un modelo de dominación que ya no logra imponer obediencia automática a los pueblos del mundo. Irán resistió. Resistir, frente a las mayores maquinarias bélicas del planeta, constituye en sí mismo una derrota política para quienes históricamente se presentaban como dueños absolutos de la geopolítica global.
Tancredo habría entendido perfectamente este momento histórico. Él perteneció a la tradición revolucionaria latinoamericana que veía en cada pueblo agredido una causa universal. Su formación internacionalista, vinculada a procesos revolucionarios en Cuba, Vietnam, Haití, la Unión Soviética y El Salvador, moldeó una visión profundamente antiimperialista y solidaria.
Por eso tampoco resulta casual que, mientras se intensifican las tensiones internacionales, Washington vuelva a colocar sus ojos sobre Cuba Revolucionaria. Cada vez que el imperialismo entra en crisis, necesita fabricar enemigos, levantar cortinas de humo y reactivar viejas narrativas. Cuba continúa siendo, para el poder norteamericano, el símbolo incómodo de una pequeña nación que decidió no arrodillarse.
Las recientes amenazas y agresiones políticas contra la dirigencia histórica de la Revolución Cubana revelan más desesperación que fortaleza. Sesenta años de bloqueo, sabotajes, terrorismo y asedio económico no han logrado destruir la dignidad de un pueblo que aprendió a resistir. Esa resistencia explica por qué Cuba sigue siendo referente moral para millones de personas en el mundo.
Lo mismo ocurre con Venezuela. El llamado “3 de enero” y los nuevos episodios de presión internacional contra el proceso bolivariano evidencian que el interés estratégico sobre América Latina permanece intacto. El imperialismo jamás abandona voluntariamente los territorios que considera bajo su influencia. Por ello, cada intento soberano de construir alternativas políticas independientes en nuestra región continúa siendo respondido con desestabilización, bloqueo financiero y agresión mediática.
Frente a ese panorama, recordar a Tancredo no debe limitarse a un acto nostálgico ni ceremonial. Sería reducir su dimensión histórica. Recordarlo implica reflexionar críticamente sobre el presente y comprender que muchas de las contradicciones que él denunció siguen intactas.
Tancredo Antonio Vargas Cruz no fue simplemente un dirigente político más. Representó una generación de revolucionarios dominicanos que entendió la militancia como compromiso ético total. Una generación que asumió riesgos reales, persecuciones, clandestinidad y sacrificios personales en nombre de ideales colectivos.
En tiempos donde la política suele degradarse en espectáculos, oportunismo y marketing vacío, figuras como la suya adquieren todavía mayor dimensión moral. Porque pueden compartirse o no sus ideas, pero resulta imposible negar la coherencia entre lo que pensó, dijo y vivió.
Afirmar la eternidad de Tancredo no es simplemente una consigna sentimental, sino la afirmación de una permanencia histórica. Hoy, quince años después de su partida física, la realidad internacional parece confirmar la idea.
Mientras existan pueblos que resistan.
Mientras haya hombres y mujeres dispuestos a defender la soberanía de sus naciones.
Mientras el imperialismo continúe intentando decidir el destino de la humanidad.
Mientras Cuba siga de pie.
Mientras Palestina resista.
Mientras Venezuela sobreviva al asedio.
Mientras América Latina siga buscando su segunda y definitiva independencia...
Tancredo continuará siendo trinchera, memoria y combate.
¡Hasta siempre, Comandante Antonio!